Cuando la violencia se nombra suicidio
Por Margarita Humphreys Ostertag, Psicóloga Clínica, Psicoanalista, Psicóloga del Centro Clínico La Morada y socia de La Morada
Hay una categoría que incomoda por lo que revela: el suicidio femicida. Se define como aquel que ocurre cuando una mujer se quita la vida como consecuencia directa de episodios sostenidos de violencia de género. En 2025, la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres registró 47 femicidios en el país —frente a los 43 reconocidos oficialmente por el Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género—, y en ambos registros se consignaron dos suicidios femicidas. Dos mujeres que el sistema de salud probablemente contabilizó como suicidios, y que nosotras reconocemos como lo que también fueron: femicidios.
Esa lectura no es un matiz administrativo. Es la evidencia de un malestar extremo que la violencia produce y que rara vez se nombra como tal. Los femicidios frustrados —aquellos que no llegaron a consumarse— pasaron de 163 a 330 casos entre 2024 y 2025, una escalada que se sostiene desde hace casi una década sin retroceder. Esto no es una fragilidad “propia de las mujeres”. Es el efecto medible de vivir de manera desproporcionada bajo amenaza.
Nombrar el suicidio femicida es, en sí mismo, un acto político: desnuda la radicalidad y el alcance de una violencia que llega al mismo extremo que el femicidio, solo que rara vez se prueba o se reconoce como tal en el discurso jurídico. No hay un cuerpo con marcas de un tercero, no hay un victimario que enfrentar en tribunales; hay una mujer que llegó sola al final de un proceso que no empezó sola. Esa dificultad de prueba no es un detalle técnico: es la forma que toma la violencia cuando logra hacerse pasar por destino individual. Es también la intuición que Julieta Kirkwood radicalizó para Chile en dictadura, cuando retomó el lema “lo personal es político” en la fórmula “democracia en el país y en la casa”: lo que ocurre puertas adentro, y lo que una mujer termina haciéndose a sí misma puertas adentro, no es un asunto privado exento de análisis político. Es, muchas veces, su forma más silenciosa.
Por eso, en el mes de prevención del suicidio, la invitación no puede agotarse en los indicadores de riesgo que ya conocemos y sabemos leer. Hay que mirar también hacia esos lugares más oscuros: historias padecidas que no cuentan necesariamente como riesgo en ninguna escala clínica, que no llegan a consulta, que no dejan constancia en ningún parte policial, y que sin embargo son el lugar exacto donde la violencia basada en el género, expresión material del patriarcado, termina de “hacer su trabajo”. Silvia Bleichmar advertía que toda intervención institucional produce subjetividad, no solamente la administra: mirar esos lugares oscuros y darles lugar no es un gesto asistencial más, es una forma de producir —o de restituir— la subjetividad que la violencia intentó arrasar. Mirar ahí es un acto de responsabilidad colectiva: negarse a que la muerte de una mujer por su propia mano se siga leyendo como un capítulo privado, cuando fue, muchas veces, la última página de una historia escrita por otro.
Si tú o alguien que conoces está pasando por un momento difícil, hay apoyos gratuitos disponibles: Línea de Intervención en Crisis para la Conducta Suicida (4141) o Salud Responde (600 360 7777), disponibles 24/7. O, puedes escribir al Centro Clínico de La Morada al correo lamorada@corporacionlamorada.cl

Referencias
- Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres. (2025-2026). Dossier Informativo Violencia contra Mujeres en Chile 2025-2026.
- SernamEG. (2025). Registro de femicidios consumados y frustrados.
- Corporación Humanas. (2026). Femicidios no retroceden en Chile.
- Kirkwood, J. (1986). Ser política en Chile: las feministas y los partidos.
- Bleichmar, S. Límites y excesos del concepto de subjetividad en psicoanálisis (cap. XI).

























































