Día Internacional de las Personas Cuidadoras

Por Beatriz Areyuna, Gabriela González e Iria Retuerto *

El pasado jueves 5 de noviembre se conmemoró el Día internacional de las personas cuidadoras. No queremos reiterar el gesto invisibilizador diciendo “persona cuidadora” cuando sabemos que, en nuestras sociedades, las tareas del cuidado las hemos asumido mayoritariamente las mujeres.

No hay nada esencial ni natural en las mujeres para ser quienes, más bien por la fuerza del mandato cultural, hayamos estado durante siglos dedicadas, de manera silenciosa e invisible, a las múltiples exigencias que implican las tareas del cuidado de otros/as/es: limpieza, cocina, crianza, costura, planchado, contención emocional, sexo, por nombrar algunas.

Llamar a esto “trabajo reproductivo”, en contraposición al trabajo productivo, oponiendo de ese modo lo privado-doméstico frente a lo público-político, no hace más que aumentar la desvalorización de las tareas del cuidado y del espacio privado-doméstico. Consecuencia nefasta de esta fractura es la jerarquización del trabajo productivo por sobre el reproductivo, impidiendo y negando de este modo la posibilidad de un nuevo imaginario colectivo del cuidado, donde las tareas dedicadas al sostenimiento de la vida sean asumidas por todos/as/es, sencillamente porque son fundamentales para la vida social en su conjunto.

Por otro lado, esta dicotomía se recrudece cuando la mayoría de las mujeres, además de realizar las tareas del cuidado, hacemos también trabajo productivo remunerado. Y aquí, tal vez el universal “persona” puede servir para empatizar con lo que ocurre cuando las personas viven exceso o sobrecarga de tareas indistintamente de los ámbitos en que las realicen: cansancio, desgaste, fatiga, desmotivación, desinterés, aislamiento. La lista es más larga.

En tiempos en que estamos empujando por un cambio de modelo social, político y económico, tenemos la responsabilidad de poner atención en estas naturalizaciones impuestas a nosotras las mujeres desde los distintos modelos de socialización por los que hemos pasado a lo largo de nuestras vidas y desde las distintas instituciones sociales y políticas que insisten en perpetuarlas (familia y Estado), y debemos asumir y cuestionar que a la base de economías, políticas y sociedades injustas, discriminadoras y explotadoras, están estás lógicas normativas del cuidado como prácticas propias de las mujeres.

Si queremos más democracia, democraticemos también las tareas del cuidado. El sostén de la vida es fundamental para una sociedad menos desigual en todos los sentidos. Las tareas del cuidado, aunque no sean remuneradas, tampoco son invisibles y menos improductivas. No porque estén demasiado normalizadas y sean tareas de carácter esencial -que no es lo mismo que esencializadas- podemos obviar la centralidad que ellas tienen.

Sabemos y confiamos en que esta comunidad universitaria estará comprometida con la orientación que queremos darle a estos cambios para una nueva sociedad, en la que sea posible que ese nuevo imaginario y las practicas del cuidado sean asumidas de manera colectiva.

(*) Beatriz Areyuna, decana Facultad de Pedagogía; Gabriela González, decana Facultad de Ciencias Sociales; Iria Retuerto decana (i) Facultad de Artes.

 

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